Al ver la serie Adolescencia, no solo observé una historia de adolescentes en crisis. Vi un espejo. Un reflejo profundo y descarnado de lo que está pasando en las escuelas, en las casas, en los teléfonos… y en los corazones de nuestros hijos. Esta serie, más allá del relato crudo que presenta, me estremeció por todo lo que no se dice en ella.
Porque, admitámoslo: hoy en día, hablar de bullying parece un tema sobreevaluado, trillado, algo que la mayoría mira con distancia. «Eso no pasa en mi casa», «mis hijos están bien», «eso es cosa de antes». Lo hemos arrinconado en una esquina de la conversación social. Lo vemos con respeto, con incomodidad, o con una indiferencia que a veces duele más que el propio acoso.
Pero el bullying está ahí. Más presente de lo que creemos. Se pasea por los pasillos de las escuelas. Se esconde en las habitaciones donde creemos que nuestros hijos están seguros. Se camufla entre memes y mensajes. Y lo más desgarrador: se cuela también en los pensamientos suicidas de quienes no encuentran salida.
Según la UNESCO, 1 de cada 3 estudiantes ha sido agredido físicamente en el último año. Y al menos 1 de cada 10 niños y adolescentes en el mundo sufre ciberacoso. ¿Puedes imaginar lo que significa crecer creyendo que tu cuerpo, tu identidad, tu voz o tu forma de amar es motivo de burla o castigo?
Y aún así… callamos. Calla el agredido, por miedo a no ser creído. Por temor a ser aún más burlado. Por el terror de que su familia también sufra represalias. Calla el agresor, muchas veces niño también, que no sabe cómo manejar su frustración, su rabia, su historia. Ese silencio es como una olla de presión emocional. Y como toda olla a fuego lento… un día, explota.
La serie muestra cómo el silencio y la falta de comunicación pueden desembocar en tragedias. Jamie, acosado cibernéticamente por su identidad sexual, no puede hablar con su familia. No tiene un espacio seguro. No encuentra una red donde sostenerse. Es un chico caminando solo en medio de una tormenta emocional. Un acto impulsivo. Trágico. Irreversible.
Estudios recientes encontraron que el bullying repetido afecta 49 regiones cerebrales. Las que controlan la memoria, la planificación, el aprendizaje, el autocontrol. Eso significa que cuando un adolescente es acosado constantemente, su cerebro cambia. Su forma de pensar, de aprender, de sentir, de reaccionar. No es simplemente “le afectó”. Es que lo reconfiguró.
¿Estás realmente seguro de que tu hijo no está acosando a alguien más? ¿Estás totalmente convencido de que tu hija no está sufriendo acoso en silencio? ¿Sabes lo que pasa en su mundo digital, en sus chats, en sus noches de insomnio? El bullying no es solo entre niños. Es una responsabilidad de todos. Y romper el silencio, no es solo escuchar. Es estar presentes, antes de que alguien más ya no lo esté.
No escribo esto para justificar la violencia. Nunca. Pero sí para entender su origen. Para mirarla a los ojos. Para que no nos sorprenda más. Porque el bullying no siempre se grita. A veces, solo se calla. Y cuando se calla… duele más.
— Silvana, psicóloga, mamá, creyente, caminante pensante, y testigo de lo que pasa cuando nadie quiere ver.