El amor con TDAH: Bailando a otro ritmo

Mis relaciones sentimentales no han sido muchas, pero cada una de ellas fue como una explosión de fuegos artificiales: cortas, intensas y llenas de momentos inolvidables. Ahora, con un poco más de perspectiva, entiendo por qué solían tener una fecha de caducidad: mi cerebro con TDAH estaba, literalmente, jugando en su propia cancha. Mientras yo disfrutaba del momento, la dopamina hacía su magia, potenciando esa intensidad única que le da color a la vida.

El arte de amar en modo shuffle

Durante esas relaciones, mi creatividad y espontaneidad eran las estrellas del espectáculo. Puedo recordar claramente cómo transformaba lo cotidiano en una aventura:

  • Planeaba viajes de un minuto a otro, porque “la vida es corta, ¡vamos ya!”
  • Jugaba en la calle como si fuéramos niños, sin importar si estábamos vestidos para una cena elegante.
  • Cocinaba cenas improvisadas, a pesar de no saber cocinar (¡quién necesita un recetario cuando tienes imaginación y especias al azar!).
  • Y sí, me encantaba ponerle el pie a alguien en broma para ver su cara de sorpresa.

Estoy segura de que mis parejas tampoco olvidarán esos momentos. Eran instantes de pura diversión y risas, donde el caos era el idioma que hablábamos juntos.

El desafío del amor y mi cerebro acelerado

Sin embargo, no todo era diversión. Mi energía ilimitada y mi tendencia a llenarme de actividades parecían ser demasiado para muchos. Mi agenda siempre estaba repleta, y no porque no quisiera compartir tiempo con ellos, sino porque mi cerebro no sabe estar quieto. Me encanta la soledad porque me da espacio para crear, pero también amo la compañía… aunque esa dualidad a veces no tenía sentido para mis parejas.

Recuerdo momentos en los que, sentados juntos, yo estaba haciendo mil cosas mientras ellos no sabían qué hacer conmigo. Era frustrante para ellos, pero para mí, era mi normalidad. Por no hablar de mis interminables interrupciones en las conversaciones y mi costumbre de «robar» las palabras de sus bocas antes de que las terminaran. Mis juegos bruscos y mis emociones sin filtro a menudo los dejaban desconcertados.

Pero ¿saben qué? Yo lo disfrutaba, incluso si ellos no siempre lo entendían.

Amor en otro ritmo: Mi presente

Hoy, amo mi soledad. Es mi tiempo para dejar que mis ideas bailen a su propio ritmo, para crear sin límites, para soñar y para vivir a mi manera. Pero no puedo negar que amar con TDAH es bailar a un compás diferente. Es un ritmo intenso, a veces caótico, pero lleno de vida y autenticidad.

Quizás no haya muchas personas que puedan seguir ese baile, y está bien. Lo importante es que en cada relación que tuve, dejé algo de mi caos creativo y me llevé algo de su calma. Y eso, para mí, es el verdadero regalo del amor: aprender, reír, disfrutar y bailar, aunque sea por un rato, al ritmo único de mi cerebro con TDAH.

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